Subida a la Mujer Muerta

 
Subida a la Mujer Muerta
 
Subida a la Mujer Muerta
 
   
 
 
Un relato de Milan (Miguel Angel López Moreno) basado en otro de 1983, que a su vez era un recuerdo de 1965...
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Musa Ibn Nusayr (walí de Ifriqiya y el magrib) y Tarik Ibn Malluk fueron los dos caudillos musulmanes que iniciaron la conquista de la península ibérica en 711. En la batalla de Wadi Lakka (río Guadalete, Guadarranque o Barbate) desarticularon totalmente el ejército del caduco reino visigodo de Rodericus.

Tarik es nombre de origen germano, posible descendiente, por tanto, de la aristocracia vándala que atravesó el estrecho al mando de Genserico, en el siglo V, y dominó todo el norte de África. El bereber Tarik y sus tropas fueron los primeros en desembarcar en la península. Musa, gobernador del Magreb, quedó inicialmente en el lado africano del Estrecho. Desde entonces las Columnas de Hércules, identificadas en la antigüedad clásica como Abyla y Calpe, también son conocidas como Djebel Musa (Mujer Muerta) y Djebel Tarik (Gibraltar).

El Djebel Musa es una montaña de 839 metros sobre el nivel del mar, parte de Sierra Bullones, las últimas estribaciones del Atlas magrebí, que se extingue en el estrecho, entre Ceuta y Tánger. Lo que la hace única es su perfil de mujer tendida con los ojos cerrados... unos la llaman dormida y otros la muerta. Muerta o Dormida siempre despertó una enorme fascinación entre nosotros. Alcanzar la cumbre de esa montaña, el duro pecho de la mujer de roca, era el reto supremo de cualquier jovencito ceutí y siempre salía algún que otro fanfarrón que decía haber subido y que allí arriba había esto y lo otro... y lo que contaban se convertía en una leyenda, en un mito casi inalcanzable porque no era sencillo subir. Nada sencillo.

Posiblemente fue en la primavera de 1965, con 13 años, cuando se me presentó la primera ocasión de subir. Por esa época, todos los chicos y chicas de Villa Jovita participábamos, de una u otra forma, en una cosa que se llamaba “Acción Católica”... reuniones en la parroquia de don José Bejar, confesiones, comuniones, misas, testimonios de vida cristiana, propósitos de mejora... etc. etc. –chorradas de salón parroquial, porque en el fondo uno seguía disfrutando del único pecado que les preocupaba a los curas (los del sexto mandamiento) como una de las cosas más agradables que había en la vida-. En ese entorno, ordenado y casto, se hacían excursiones hacia el Oeste de Ceuta, pasado Benzú, ese misterioso y agreste litoral que quedaba en territorio marroquí (para entendernos, hacia la playa de las Barcas, la Ballenera y la isla del Perejil), pero nunca nadie había propuesto alcanzar la cumbre de la Mujer Muerta. Esa primavera del año 65, el clan de los Mosteirín, con el padre al frente subiría... y yo me apunté inmediatamente, entre otras cosas porque así tendría la oportunidad de estar cerca de Sol Mosteirín todo el día.

Esta interesante familia había llegado hacía poco tiempo. El cabeza de familia era el representante de leches Puleva en Ceuta... ¡extraño invento ese de meter la leche en un envase de cartón con forma de pirámide! (o sea, los primeros tetrabricks). Vivían en la calle Padre Feijoo y eran un montón de hermanos... lo menos 7. Creo recordar que el mayor se llamaba Cesar; había otro rubio; estaba Coral, que se parecía mucho a su madre y era un poco antipátiquilla; la pequeña se llamaba Flor de Lis; pero Sol era que la marcó la diferencia. Sol era una preciosa niña rubia de la que nos enamoramos todos... y digo bien, TODOS (y al cabo de los años -¡casualidades de la vida!- he conocido a uno de sus hijos en la facultad de Ciencias del Mar de Cádiz-España). En primero de bachillerato (con 11/12 años), cuando ella y Bebe (Nieves Valverde) salían del instituto, un nutrido número de chavales les cantábamos aquello de:

La rubia es, fenomenal.
Y la morena tampoco está mal.

Bueno, pues ese día, el esperado día que alcancé la cumbre de la Mujer Muerta, lo hice con Sol Mosteirín.

Ese domingo salimos muy temprano de Villa Jovita. Cogimos el vetusto autobús que pasaba cada hora en dirección a Benzú (esa línea estaba pintada de rojo, y la que subía hasta Hadú era de color verde), que entonces era un pequeño grupo de casitas muy modestas que se levantaba a la orilla del mar muy cerca del puesto fronterizo del Oeste. Por entonces nadie ponía pegas para pasar de un país a otro. Ni los Guardias Civiles españoles ni los guardias marroquíes, que solían ser lugareños con una gorra, lo hacían... (lo de la gorra no es broma ni exageración; la gorra era el símbolo inequívoco de una autoridad merecida y respetable) Si íbamos chavales por nuestra cuenta y riesgo, sólo había que saludar con seriedad y respetuosamente al pasar por el cobertizo donde debía estar el guardia (que no siempre estaba), como para dar por sentado que uno aceptaba la autoridad, y comentar que íbamos de excursión, solo eso era suficiente. Pero si en el grupo iba una persona mayor, la garantía para pasar era total. Y este era el caso, con nosotros venía el jefe del clan Mosteirín, un señor con bigote y todo.

Ya en Marruecos, a un escaso kilómetro del puesto fronterizo, entre las casitas de Belíunech (por entonces esta kábila era muy pequeña), con un agradable olor a leña quemada, comenzamos a subir enfilando directamente las laderas que suben hasta el pecho de la Mujer Muerta. Y enseguida comprendí que no iba a resultar fácil. No recuerdo con detalle las sensaciones (me estoy basando en un relato de 1983 que a su vez pretendía recordar lo vivido en 1966)... lo que si recuerdo es que no me separé ni un minuto de Sol Mosteirín, siempre pendiente y solícito para ofrecerle mi mano y ayudarla a subir o bajar... es lo que tiene el amor a los 13 años, que es puro, simple y desinteresado: tomar su mano era suficiente.

EL LABERINTO. La primera parte de la subida serpenteamos por entre macizos de arbustos más altos que nosotros (podrían muy bien ser lentiscos). La disposición era tal que parecía talmente un laberinto y la única referencia que nos quedaba para progresar era la inclinación del terreno. Teníamos que seguir subiendo porque perdimos de vista muestra meta.

Salidos del laberinto se terminó la vegetación, lo verde dejó de existir, y entramos en el reino de la roca. Piedras blancas, de sonido metálico. Recuerdo que en ese paraje perdimos las perspectivas urbanas que nos permitían calcular distancias. No había casas, ni “postes de la luz”, ni nada construido por la mano del hombre que sirviera de referencia. Tampoco había árboles que sirvieran para calcular el tamaño de una persona. Todo resultaba grandioso en esos espacios abiertos; el sonido se perdía sin ecos. Calcular de esa manera el tamaño y la distancia a una roca era una tarea complicada y extraña porque cuando un compañero llegaba a ella, lo que tu creías pequeño, resultaba sorprendentemente enorme.

LA VIEJA CARRETERA. Más tarde alcanzamos una vieja carretera que antaño usaron los camiones que sacaban mineral de manganeso desde una antigua mina que estaba aproximadamente a mitad de la ascensión. Si en su día fue una carretera, cuando la pisamos ya apenas era su recuerdo. El piso era un pedregal de cantos irregulares, sueltos y muy inestables, del tamaño justo para que resultara difícil pisarlos y mantener el equilibrio. Te caías por mucho cuidado que uno pusiera... pero eso no me importaba porque así podía ayudar a Sol. El camino serpenteaba de izquierda a derecha para poder salvar la pronunciada pendiente, de manera que siguiéndola habríamos caminado muchos más kilómetros. Optamos, por tanto, por abandonarlo y subir en línea recta, aunque eso representaba caminar casi a cuatro patas debido a la enorme pendiente del pedregal.

EL BOSQUE FANTASMAGÓRICO. Así llegamos a un lugar que bautizamos como “el Bosque Fantasmagórico”. Era un grupo de cinco o seis árboles dramáticamente retorcidos e inclinados hacia poniente por el viento de levante. Estaba situado en mitad de la ascensión entre las últimas casitas de la kábila Belíunech y la mina de manganeso. Era un paraje que resultaba sobrecogedor por lo silencioso y solitario. Recuerdo que una súbita ráfaga de viento provocó un sonido ululante entre los árboles. Escalofriante. Las voces sonaban quedas. En el suelo del Bosque Fantasmagórico crecía un ralo pasto verde como única concesión a la vida. Y bajo un enorme bloque de roca manaba un manantial de aguas frescas y cristalinas. Bebimos, por supuesto.

LA MINA DE MANGANESO no queda lejos del Bosque Fantasmagórico. Desde Ceuta se puede localizar (se podía localizar, que ahora no estoy seguro) la mina por una lengua de tierra ocre que se desparrama ladera abajo, y que contrasta con el color blancuzco de la caliza del resto de la montaña. Tenía forma de triángulo, con el vértice superior en la boca de la mina. La base se situaba unos cien metros más abajo.

Cuando alcanzamos esa lengua de tierra ocre (que fue la ganga inservible de la explotación) resultó ser muy fina, blanda y polvorienta. Subir esa rampa de inclinación superior a los 45º fue una proeza. Hoy día se recomendaría utilizar cierto tipo de calzado, especializado y específico, para evitar que la tierra penetre y para que la planta del pie no sufra con las irregularidades. Entonces todos llevábamos zapatillas de lona de deporte, con fina suela de goma... y sobrevivimos.

Recuerdo que paramos cuando llegamos a la mina... seguro que entramos, pasar de largo sin asomarse a un boquete habría sido impensable con 13 años, pero se me ha borrado el recuerdo. Desde ese punto torcimos a la izquierda y acometimos la última parte de la subida al pecho de la Mujer Muerta. Fue el tramo más difícil y largo, pero la recompensa también fue larga con creces.

EN LA CUMBRE. Lo normal es que la cumbre esté cubierta de nubes, pero fuimos unos privilegiados con suerte. El día era clarísimo, y pudimos contemplar el Estrecho y Ceuta desde una perspectiva nueva y difícil de alcanzar. Es increíble, el estrecho parecía un pequeño lago, y la otra orilla estaba ahí mismo, al alcance de la mano, sorprendentemente cerca. Y Ceuta estaba prácticamente bajo los pies, en nuestra vertical. ¿Cómo podía ser eso?

La otra vertiente, la que mira al oeste, en dirección a Tánger era nueva. Se abrían valles de piedras y montañas verdes. Unos detrás de otras, hasta perderse en la bruma lejana. Solitario y con una brisa ligera. Sin señales de civilización. Pero lo que recuerdo mejor es la enormidad del espacio abierto; la falta de eco cuando hablabas, que la voz no parecía progresar; que se pierden las perspectivas para calcular distancias y la brisa tan sutil. Sobrecogedor... A pesar de los 13 años, en los que uno es una especie de cabra loca, sin sentimientos ni entendederas, aquello resultó sobrecogedor.

En la cima encontramos dos cosas humanas (tranqui, que no fueron latas de coca cola... y probará que el relato no es una invención): Una construcción metálica y otra de piedra. La primera era una especie de trípode, firmemente sujeto a la roca, que sostenía un mástil metálico. Decían que ese era uno de los vértices de un triángulo equilátero que se formaba con otras cumbres de la península. Sea lo que fuese era un hito cartográfico que no parecía demasiado viejo (no lo recuerdo oxidado por entonces).

La construcción de piedra era un lugar santo; una especie de taula o dolmen del neolítico. Dos losas verticales sujetaban una tercera que las cerraba, como de medio metro de altura. La losa del techo tenía cinco orificios naturales donde encajaban perfectamente los dedos de la mano derecha. Alguien del grupo dijo que eran la impronta de los dedos de Alá, que sujetó en cierta ocasión el pequeño altar para evitar su destrucción. Debajo del pequeño dolmen había un trapo que debió estar empapado en aceite... óleo sagrado (también puede ser que un pulcro excursionista se limpiara el aceite de las sardinas en el trapo que dejó allí dentro).

Desde luego, ambas construcciones demostraban que no habíamos sido los primeros en hollar la cumbre de la Mujer Muerta.

A las dos de la tarde, recién comidos los bocadillos, comenzó a soplar una brisa helada y jirones de niebla cubrieron la cumbre. Se perdieron todas las vistas y apenas veíamos a 25 metros. No quedó otra opción que empezar a bajar a toda prisa. Y elegimos para eso la cara oeste del Djebel Musa, la que mira hacia Tánger. Aquella ladera era un largo pedregal de piedras sueltas. Era muy sencillo provocar pequeños aludes de piedras con sólo tirar una en la pendiente... y eso hicimos. Es lo que mejor recuerdo de aquel día. Sol Mosteirín y yo nos agenciamos una lasca de piedra, como de un metro de lado, y la usamos de deslizador. Encima de la lasca nos deslizamos metros y metros ladera abajo. Acabé con los zapatos hechos jirones, pero me había arrimado lo mío a ese bombón de chica que era Sol. Recuerdo que durante algún tiempo recordamos el episodio de “la galleta”, como llamábamos a la lasca de piedra, como algo que nos hacía cómplices.

Cuando habíamos bajado la mitad de la ladera oeste, torcimos al sur para alcanzar la Garganta de la Mujer Muerta. Estrecho pasadizo reconocible pese a las gigantescas proporciones que resultan cuando uno está entre la papada y el pecho, es decir, entre el Djebel el Fahies y el Djebel Musa. Era un corredor donde soplaba un viento huracanado. No podía ser de otra manera, la garganta es el embudo que pone en comunicación el este y el oeste, un estrecho paso de aire que provoca un efecto Benturi extraordinario. Casi volamos.

Cuando dejamos la garganta caímos en la sombra del ocaso. Comenzó a oscurecer y nos encontramos bajando el estrecho de rocas Bad Ain Barca prácticamente a tientas y con una inquietud creciente porque si se pierden las referencias con luz, cuando entras en la oscuridad es facilísimo desorientarse. Pero, afortunadamente, encontramos a un morito que se brindó a conducirnos hasta la kábila Belíunech, y desde ahí, ya por senderos definidos alcanzamos el puesto fronterizo y Benzú.

A Villa Jovita llegamos totalmente reventados a las 11 de la noche. Seguro que mi madre estaría de los nervios. Pero ese día resultó inolvidable, Sol y yo habíamos bajado una ladera de piedras montados en una galleta... y, además, habíamos vencido a Musa 1200 años después de su victoria.